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            La poesía de Joyce Mansour  

A comienzos de los años cincuenta, todavía en El Cairo, Joyce Mansour em­pieza a concentrarse en el trabajo poético. Habrán de pasar unos cuantos años, y un cambio de continente, para que tenga ese salón propio en el que brillar, al que acabo de hacer referencia. Por el momento frecuenta uno ajeno: el de Marie Ca­vadia, donde tuvo lugar su decisivo encuentro con el citado Georges Henein, el más importante de los surrealistas egipcios y animador del grupo «Art et Liberté», y de la gran revista La Part du Sable, Georges Henein al cual tras su desaparición en 1973 ella rendiría homenaje en dos textos.

Cris, «gritos», se titula el primer libro de versos de Joyce Mansour, aparecido en el París de 1953, en una de las editoriales de poesía más prestigiosas de aque­lla posguerra, la de Pierre Seghers, poeta él mismo, a quien el manuscrito había llegado por mediación del librero y crítico Pierre Berger, que a su vez lo había recibido de Georges Hugnet. Cris es un libro de poemas breves «percibí toda la re­belión que abrigaba su laconismo», diría Berger–, fulgurantes. –«La poesía –dijo su autora por aquel entonces– es un grito». Por una entrevista sabemos que entre sus pintores favoritos, figuraban dos grandes figuras solitarias y trágicas ligadas al expresionismo, Edvard Munch –cuya obra maestra es precisamente El grito– y Chaïm Soutine. Cris tuvo por lo menos tres reseñas significativas. La de Henein en La Bourse Égyptienne, donde habla de humor negro bretoniano, de Lewis Ca­rroll, de Alfred Jarry, de la «rigurosa crueldad de la infancia». La de André Pieyre de Mandiargues en Nouvelle Revue Française, al que la autora había conocido poco antes en El Cairo, quien le había regalado un ejemplar de la edición de Ga­llimard del Désir attrappé par la queue, de Picasso, y que con el tiempo se conver­tiría en uno de sus amigos más cercanos; Mandiargues la ubicaba en la cercanía de Leonora Carrington, y de Gisèle Prassinos. Y la del surrealista –y futuro minu­cioso a la par que apasionado cronista del surrealismo de la posguerra– Jean-Louis Bédouin, en Medium, entonces órgano del movimiento. Estas primeras reseñas fueron muy importantes para la consolidación de aquella voz poética emergente, balbuciente. Pero mucho más importante, fue la carta en la que, con la fecha del 1 de marzo de 1954, el mismísimo André Breton, con su escritura siempre tan sorprendentemente ordenada y meticulosa, le decía a su desconocida correspon­sal cairota, lo mucho que le había fascinado aquel primer libro.

El segundo poemario de Joyce Mansour, que en principio tenía que haber comportado ilustraciones de su gran amiga Léonor Fini, se iba a haber titulado Matrices, pero finalmente se tituló Déchirures, y apareció sin imágenes. Lo pu­blicó, en 1955, otro sello importante, Éditions de Minuit. Motivó cartas de Bre­ton nuevamente, de Henein, y de Gaston Bachelard, filósofo del espacio, del agua o del fuego, siempre pendiente de la poesía y de las artes plásticas, y que aquel mismo año prologaba el catálogo de una individual de Eduardo Chillida en la Galerie Maeght. Entre sus reseñistas, el «hussard» Roger Nimier en el semanario Arts, Roger Nimier, un nombre que encontramos en los sumarios de La Table Ronde, donde habían aparecido pre-publicados algunos de los versos recogidos en el libro.

Al año siguiente el libro de relatos Jules César (1956), dedicado a Breton, y también publicado por Seghers, lo ilustró, con cinco puntas secas, el pintor y fotógrafo surrealista alemán Hans Bellmer, que le había sido presentado a Joyce Mansour por Léonor Fini, y que se convertiría en otro de los grandes amigos de la egipcia. Inicialmente el fundador del surrealismo había pensado, como ilus­trador del volumen, en Pierre Molinier, pintor y fotógrafo que pese a que no se llevara a cabo aquella colaboración, también entró –para no salir– en el círculo mansouriano, y que con el tiempo sería objeto de dos poemas suyos, el primero –«Pierre Molinier ou celui qui désire»– en Faire signe au machiniste (1977), y el segundo –«Sens interdit»– escrito en 1979, con destino al catálogo de una de las exposiciones póstumas de «El hombre que quiso ser mujer», celebrada en la gale­ría ginebrina de Bernard Letu.

1956 fue también, además del año del establecimiento definitivo de los Man­sour en París, el del encuentro de Joyce, al fin, con Breton. A partir de entonces


lo frecuentará casi a diario, convirtiéndose en su gran confidente, y en su más habitual acompañante –lo documentan varias fotografías– durante sus paseos por anticuarios y «brocanteurs», y por las Pulgas, o en sus visitas a la sala de subas­tas Drouot. En un breve texto tras la muerte del fundador del surrealismo –con el cual aquel mismo año había coincidido en un viaje a Bretaña, y donde fue fotografiada una última vez junto a él por Alain Jouffroy, que la acompañaba–, Mansour subrayará: «André Breton ha cambiado la vida y la visión de cuantos lo han conocido», evocando, con palabras de extraordinaria precisión y lucidez, los mencionados paseos del «soñador despierto», y cómo ciertas calles de París las «absorbía en pequeñas dosis, como un lector atento»

A partir de 1956, Joyce Mansour, considerada por Breton como la gran voz poética de la posguerra, participa de todas las aventuras del grupo surrealista. Sus revistas: Le surréalisme, même, Bief, La Brèche, L’Archibras, Bulletin de Liai­son Surréaliste, Surréalisme, la norteamericana Arsenal... Sus antologías poéti­cas, como la de Jean-Louis Bédouin (1964) y, en castellano, la de Aldo Pellegrini (1961). Sus encuestas, por ejemplo la de L’ art magique (1957), iniciativa del propio autor de Nadja, a la que también contestaron, por citar a dos poetas de nuestro ámbito idiomático, César Moro y Juan-Eduardo Cirlot. Sus manifiestos y tomas de posición sobre los más diversos aspectos de la realidad política y cul­tural. Sus colectivas, entre las que destacan las que acogieron Daniel Cordier en 1959, y la revista L’Oeil en 1967. Sus excursiones, como la que –documentada por una serie de fotografías de Denise Bellon– en 1960 los conduce al vecino desierto de Retz. Sus ceremonias, como en 1959, en el apartamento de los Mansour, y en el marco de la referida muestra en Cordier, la de la ejecución del testamento de Sade, protagonizada por el canadiense Jean Benoît, pero también, fuera del guión previsto, por Matta, que a partir de aquel momento volvió a gozar del respeto y la amistad bretonianos... Sus espejismos también: el principal, la Cuba castrista, y a este propósito hay que recordar la presencia de Joyce Mansour, junto a otros su­rrealistas o ex-surrealistas (Jorge Camacho, Aimé Césaire, Alain Jouffroy, Wifre­do Lam, Michel Leiris –otro de sus grandes amigos–, Georges Limbour, Roberto Matta, Pierre Naville, José Pierre, André Pieyre de Mandiargues, Antonio Saura y Jean Schuster, entre otros), en el Congreso de La Habana de 1968, aunque a decir verdad pronto se le abrirían, como a casi todos, los ojos, y así la encontra­remos, en 1971, entre los firmantes de la carta a Fidel Castro protestando por la «autocrítica» de Heberto Padilla.

En aquel congreso habanero al que acabo de hacer referencia, Joyce Mansour ejerció la justicia por su... pie, literalmente. En el transcurso de una de las se­siones, le dio una patada en el culo al pintor comunista mexicano David Alfaro Siqueiros, «de parte de André Breton», y obviamente, motivada por el intento de asesinato de Trotsky protagonizado por aquél, intento previo al que, esta vez con éxito, protagonizó un español adiestrado por el KGB, el tristemente célebre Ramón Mercader. (Miope, antes de acertar con su objetivo, por error la egipcia le había propinado otra patada en el trasero... al pintor francés Édouard Pignon, también comunista, pero sin el historial de aquél que presumía de «coronelazo», quien ya había sido denunciado en varias ocasiones por los surrealistas. Hay que recordar al respecto la declaración colectiva de 1952 À l’assassin!, o la pregunta de Benjamin Péret, aquel mismo año, en respuesta al elogio del pintor por Jean Marcenac: «Est-ce seulement un peintre?»)

He citado antes, a propósito de la ceremonia sadiana protagonizada por Jean Benoît, el apartamento de los Mansour. En él fueron acumulando una muy hermosa colección, en la que junto a los artistas con los que ella colaboró (el «cobra» Pierre Alechinsky, Enrico Baj, Hans Bellmer, el propio Jean Benoît, Jor­ge Camacho, Gerardo Chávez, Robert Lagarde, Wifredo Lam, Roberto Matta, Reinhoud, Max Walter Svanberg) o sobre los que escribió (Cogollo, José Luis Cuevas, Christian Dotremont, Alberto Gironella, Jean-Jacques Lebel, Henri Mi­chaux, Pierre Molinier, Endre Rozsda, Cristina Rubalcava), había además piezas de arte de Oceanía, escogidas por Breton, así como obras de Alberto Giacometti, Victor Brauner, Léonor Fini, Gaston Chaissac o de la checa Toyen, otra de las grandes mujeres del surrealismo, vecina de Elisa y André Breton en el 42 de la rue Fontaine; o los propios «objets méchants» surrealistas de Joyce, que por lo demás también coleccionaba sueños, según cabe deducir del anuncio que en 1967 pu­blicó en un diario de la capital francesa: «Busco sueños para colección».

Apartir de entonces se suceden, prácticamente sin interrupción, los títulos. Les gisants satisfaits (1958), libro con singular colaboración plástica del sueco Max Walter Svanberg –colaboración prácticamente invisible salvo que se de-sencuadernen y desplieguen sus páginas–, libro que edita Jean-Jacques Pauvert, y cuyo folleto de presentación redacta Breton, subrayando la «pureza primera» de su autora: tres relatos cargados de erotismo, de muerte, y también de ese humor negro que, cada vez más, será especialidad de la casa. Rapaces (1960), con cubierta de Jean Benoît, y que además del poemario que le da título, recoge los dos anteriores. Carré blanc (1965), libro-objeto editado por François Di Dio en su legendario Soleil Noir, libro dedicado a Breton, libro de título malevichiano, libro lleno de «la loca caballería del amor», libro también de una mujer «florecida como la lujuria», pero poblado igualmente de reminiscencias infantiles y de re­cuerdos de El Cairo y de Judea y de Galilea y del Mar Muerto, libro que lleva cin­co aguafuertes de Pierre Alechinsky, dos de ellos en colaboración con el mexicano Alberto Gironella, gran amigo suyo, más, en los ejemplares especiales, uno de la propia autora de los poemas. Les dammations (1967), dedicado «a André Bre­ton mañana» –el fundador del surrealismo había fallecido el año anterior–, con grabados de Matta –otro cómplice, dueño él también de un humor soberano–, editado por Georges Visat. La obra teatral Le bleu des fonds (1968), de nuevo con Alechinsky como ilustrador y con Di Dio como editor, que también lo sería de un tercer y último volumen, Ça (1970), ilustrado por el italiano Enrico Baj. Phallus et momies (1969), editado en Bélgica, dentro de la serie «Les poquettes volantes», del Daily-Bul, con imágenes de Reinhoud, del que también prologaría con un poema («Fleurs d’enclume») una monografía aparecida al año siguiente en la editorial Fratelli Pozzo de Turín, participando además en un texto colectivo con André Balthazar, Italo Calvino y Julio Cortázar sobre él mismo, publicado en el libro La fosse de Babel (1972). Histoires nocives (1973), editado por Gallimard, y que recoge Jules César, más un nuevo conjunto de prosas, Îles flottantes. Pandé­monium (1976), con Wifredo Lam: ecos del «África frenética» compartida. Faire signe au machiniste (1977), la cuarta y última colaboración de Joyce Mansour con Le Soleil Noir: libro que ilustra Camacho, otro de sus grandes cómplices desde que en 1962 ella prologara el catálogo de su exposición individual en Raymond Cordier. Flying Piranha (1978), con el poeta negro norteamericano Ted Joans, próximo a Allen Ginsberg, con el cual al año siguiente ambos coincidirán en un acto en el Centre Américain de la capital francesa, en el que también par­ticipará el surrealista rumano Gherasim Luca, otra gran voz solitaria, y otro de los autores editados por Di Dio. Le grand jamais (1981), su poema más extenso y automático, más incantatorio, editado por Maeght, con litografías de Alechin­sky y Matta. Jasmin d’hiver (1982), con grabados de Robert Lagarde –creador ya presente en Medium–, y que ve la luz en una casa entonces emergente pero hoy bien conocida, Fata Morgana, de Montpellier, que sacará también Flammes inmobiles (1985), con esculturas de Nanou Vialard fotografiadas por Pierre Schwartz. Yel punto final, el año mismo en que iba a fallecer: Trous noirs (1986), con Gerardo Chávez, y editado en Bruselas por La Pierre d’Alun.

                (Del prólogo de Juan Manuel Bonet)