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La poesía de Wislawa Szymborska
Ciertamente, hay en la poesía de Szymborska una poética del espacio –por no decir una poética de los espacios interestelares, claramente pascalianos–, pero también una poética del tiempo. Ambos son en ella herencia de una época que ha aprendido hasta la saciedad, gracias a la ciencia, a no pasarse de uno ni de otro; y es el sentido de una inmensidad casi impensable lo que justifica la tentación de contraponerle un punto como en Pascal, para quien el hombre es como una caña, lo más débil que existe en la naturaleza, pero una caña que piensa (es decir: mientras en el espacio el hombre no es más que un punto, en el pensamiento es el centro). Podría decirse que la aspiración a encontrar un equivalente a la caña de Pascal en el continuum del tiempo ha definido una muy especial aventura en la literatura del siglo xx, en Proust, Joyce y Walter Benjamin; es así como, en «Monólogo para Casandra» (de Mil alegrías, un encanto, 1967), Szymborska visita parajes muy similares a los que Benjamin recorre en sus 18 tesis con el propósito de definir una visión de la Historia alejada del historicismo y desvinculada de la idea de progreso. Pero, al contrario del ángel de la historia de Benjamin, que mira hacia el montón de escombros del pasado mientras es arrastrado hacia el futuro, la Casandra de Szymborska ya está en el futuro y desde allí contempla el pasado de los troyanos (los hombres): «Y ésta es mi ciudad bajo las cenizas»... Llama entonces la atención la importancia casi simétrica que el pensador y la poeta asignan al instante, fuente en el uno de la revelación de una historia verdadera, y origen en la otra de una vivencia que llama a la duración y que es como un fragmento de eternidad. En el poema citado, según Casandra, los hombres «Vivían en la vida / Llenos de miedo. / Condenados. / Desde que nacían en cuerpos de despedida, / Pero había en ellos una húmeda esperanza, / una llama que se alimentaba con su propio parpadeo. / Ellos sabían qué era un instante, / fuera el que fuera / antes de que...». Nos hallamos, sobra decirlo, en un momento de la visión szymborskiana del hombre ajeno a la burla y al sarcasmo que brillan, por ejemplo, en «Un encanto», el poema final del mismo libro, quizás el más ácido de la autora; nada que tenga que ver con la cola del dinosaurio a la que saca hilos la poeta... Muy por el contrario, el instante pertenece a las potencias enaltecedoras del hombre o, mejor aún, del poeta (en «Arqueología», de Gente en el puente, 1986: «Muéstrame tu pequeño poema / y te diré por qué / no surgió ni antes ni después»), y llega casi a confundirse con el poema, como afirma en «De hecho cualquier poema» (de su último libro, Dos puntos), donde se puede leer: «De hecho cualquier poema / podría titularse «Instante». // Basta una frase / en presente, / pasado o incluso futuro».
Visto así, el instante podría definirse también como el momento en que el poema es dado a luz a través de las palabras; un momento que no es simplemente el de transición entre un antes y un después, sino el de un iluminarse de la conciencia a través de la escritura. Aunque la autora no lo diga explícitamente, dicho momento asume la forma de una epifanía, y cabría preguntarse si no pertenece por derecho propio a los momentos en que se tiene alma («Alma se tiene a veces. / Nadie la posee sin pausa / y para siempre», dice en «Algo sobre el alma», de Instante, 2004). En cualquier caso, en la poeta que Szymborska sabe que es esta conciencia de la grandeza del instante –una conciencia Ideal, en el sentido baudeleriano, es decir, no spleenica– se plantea casi al nivel de una poética, en tanto que conciencia de una capacidad demiúrgica. En «La alegría de escribir» (el primer poema de Mil alegrías, un encanto, 1967), la voz que habla en el poema se recrea ante la sensación de controlar el proceso en esa inesperada dimensión de lo real que es la página en blanco, cuya nada es una potencia creativa. En efecto, ella puede plantearse como el justo homólogo de la nada bíblica que es el origen de todo, como si la creación del mundo por Dios hubiese sido un fenómeno de escritura: por eso, en las palabras del poeta duerme la tentación de lo absoluto; en la segunda estrofa del mismo poema se puede leer: «Sobre la hoja blanca acechan para saltar / letras que pueden combinarse mal, / frases que acosan / y ante las cuales no habrá salvación». Más adelante, leemos:
Olvidan que esto no es la vida,
Aquí rigen otras leyes, negro sobre blanco.
Un abrir y cerrar de ojos durará tanto como yo desee,
Permitirá ser dividido en pequeñas eternidades,
Llenas de balas detenidas al vuelo.
Negro sobre blanco, punto de arribo tras el largo viaje, la aventura del poeta que lleva tras de sí el espectro del mono es en suma la aventura del mono escritor, mono que es caña pensante, mono que es también jugador contra el azar, como si en el poema «La cueva» («Mis primeros santos vientres / con sus pequeños pascales», del libro Mil alegrías, un encanto, 1967) el nombre de Pascal fuese sustituible, al menos durante un díscolo instante, por el de Mallarmé, el autor de Golpe de dados. Porque el lírico de la palabra quintaesenciada, el que llega a hacer audible en sus versos la modulación de lo inefable, es –él también– un descendiente del mono: cabría recordarlo para reírse también un poco de él al final del viaje. Encontrar la página en blanco, lo que ella significa, es para ese mono gramático que en definitiva es el hombre llegar al final de su trayectoria y descubrir a Dios en el reconocimiento de su propia capacidad demiúrgica. O lo que es igual: encontrarse a sí mismo en la palabra escrita, el sitio donde se esconde el dios oculto. Éste no sería otra cosa que el hombre sin cola que se mira en el espejo de lo absoluto y toma conciencia de él a través de la página en blanco, su más fiel imagen; en ella puede escribir con líneas desiguales como Dios, puede poner límites al silencio por medio de la puntuación, puede incluso escribir dos puntos –negro sobre blanco– para elevar una vez más el listón que el hombre solitario, alejado de su especie, debe superar en busca de respuesta...
(fragmento final del
prologo, de Ricardo Cano Gaviria)
HERMANN BROCH,
EN MITAD DE LA VIDA,
POESÍA COMPLETA
-HISTORIA DE UNA
TRADUCCIÓN-
Todo comienzo es un enigma, y cuando se trata de Hermann Broch los enigmas se multiplican. Es posible que ya en nuestro encuentro de 1996 en Friburgo –entre paseos por la Selva Negra y risas filosóficas– habláramos de los poemas del escritor vienés, que se reunían en el volumen octavo de sus obras completas publicadas por la editorial Suhrkamp y consultadas al azar en la biblioteca de la Friedrich-Schiller-Universität de Jena. ¿Qué impulso misterioso hizo que uno de nosotros mandara fotocopiar ese ejemplar, y que conservara esas fotocopias durante años como si fueran un pequeño tesoro? De pequeños misterios como éste se compone, afortunadamente, la vida. No imaginábamos, ni en Jena, ni en Friburgo, ni en el encuentro posterior de Leipzig ya en el año 2000, que algún día tendríamos la oportunidad de traducir la poesía completa de Broch, probablemente uno de los pocos apartados que faltaban por traducirse a nuestra lengua de su extensa obra. Y es que casi todo tiene su origen en algún instante desconocido y casi todo, a su vez, genera efectos que nunca sospecharemos.
Tampoco sabíamos entonces que la poesía de Hermann Broch no había sido traducida a ninguna lengua, como nos hicieron saber al comienzo de nuestra labor tanto el profesor Paul Michael Lützeler, biógrafo de Broch y probablemente el mejor conocedor de su obra en tanto que editor de la edición alemana completa, como la señora Christa Sammons, bibliotecaria del Archivo Broch en la Universidad de Yale. Por lo tanto, el encargo que hace dos años nos hicieron Rosa Lentini y Ricardo Cano Gaviria, los editores de Igitur, constituía, de hecho, la primera oportunidad que tendría la obra poética de Broch para darse a conocer fuera de su propia lengua. Si nuestras pesquisas bibliográficas no han sido fallidas, podemos decir que el libro que el lector tiene hoy entre sus manos constituye, en efecto, la primera traducción de la poesía completa de Hermann Broch a cualquier lengua.
El dato no sería tan relevante si los poemas que contiene este libro no tuvieran, en general, la considerable altura que tienen. Escritos a lo largo de toda una vida, entre 1913, cuando el autor contaba con veintisiete años, hasta 1949, dos años antes de su muerte en el exilio de New Haven, cubren desde el entusiasmo amoroso, la visión racionalista o una especie de aproximación intemporal al paisaje, elementos todos propios de su juventud, hasta el desencanto y la desolación del mundo de la vejez. Broch nunca se preocupó por reunir sus poemas en un libro; fueron apareciendo en las revistas de la época y se recopilaron sólo con ocasión de sus obras completas publicadas póstumamente. No hay, por lo tanto, en este libro una concepción unitaria voluntariamente atribuible al autor; los poemas están organizados de un modo estrictamente cronológico y, aunque en algunos casos se desconoce el año exacto de su composición, todos ellos llevan al pie la fecha, documentada o atribuible, en que fueron escritos.
Los cincuenta y tres poemas que contiene este libro, ¿qué son, se preguntará el lector, frente a monumentos de la prosa del siglo xx como Los sonámbulos, La muerte de Virgilio, Los inocentes o El maleficio, es decir, las mejores obras de quien ha sido considerado como uno de los más grandes narradores de nuestro tiempo? Nosotros mismos desconocemos la respuesta a esa pregunta. La crítica no se ha ocupado en exceso de la poesía de Broch, que en general ha sido considerada como un apartado secundario dentro de su producción. Es cierto que no hubo en la actividad poética del autor austríaco la constancia, la devoción y el permanente sacrificio con que Broch abordó sus obras narrativas, hasta el punto de que es conocida la anécdota según la cual su muerte (por un infarto) tuvo lugar mientras redactaba El maleficio. Su bello rostro desplomado debió de sentir ese último instante de la vida como el comienzo de un sueño en el cual (al igual que en el libro que ahora nos ocupa) todos los instantes parecen vivir en un presente perpetuo más allá de cualquier tiempo o espacio. No: la poesía strictu sensu no constituía para Broch una dedicación regular, por la sencilla razón de que buena parte de su obra narrativa se adentra en territorios propios de la poesía. Esto ocurre en las más diversas modalidades: ya en Huguenau o el realismo, tercera novela de la trilogía Los sonámbulos (1931-1932), figuran varios capítulos escritos en verso, casi todos titulados “Historia de la muchacha salutista de Berlín”1; en La muerte de Virgilio, una de sus obras más justamente celebradas, publicada por vez primera en Estados Unidos en 1945, la prosa alcanza una tensión tan desbordante o acaso tan alada que se convierte a veces en versículos, en tiradas de versos oraculares, de un modo tan natural e imperceptible que casi sin darnos cuenta pasamos de nuevo a prosa narrativa2; en cuanto a Los inocentes, su última novela publicada en vida, en 1950, sus tres secciones comienzan con grupos de poemas en verso entremezclados con fragmentos de prosa y titulados respectivamente “Voces 1913”, “Voces 1923” y “Voces 1933”; en El maleficio, publicada de forma póstuma por su hijo y que para George Steiner “es una de las novelas más importantes del siglo xx y quizás sea más significativa que el Doctor Faustus de Thomas Mann”, nos encontramos con numerosos párrafos descriptivos del bosque o de la montaña que podrían considerarse espléndidos poemas en prosa, además de hallar poemas breves que los protagonistas cantan casi siempre a modo de letanías simbólicas de ese mundo sacrificial y enigmático que se nos presenta en la novela. Finalmente, y aunque no los hemos leído, conviene señalar que también en algunos de sus dramas incluye Broch diversos textos poéticos.
Para este libro hemos traducido exclusivamente aquellos poemas que no fueron incorporados a ninguna de las obras narrativas o dramáticas. Nos hemos basado en el volumen octavo de las Gesammelte Werke de Hermann Broch editadas por Paul Michael Lützeler para la editorial Suhrkamp entre 1974 y 1981. Hemos descartado los textos que allí figuran bajo el epígrafe de “Nachdichtungen”, es decir, las versiones al alemán de poemas de otros autores: entre otros, Joyce, Eliot, Stephen Spender y Walt Whitman. Tampoco hemos traducido los “Haussprüche”, aforismos caseros escritos en colaboración con Hans Vlasics en 1937, ni los “Gelegenheitsgedichte”, poemas de ocasión sin verdadero valor literario que el autor escribió entre 1905 y 1950.
Se ha dicho que, como cualquier otro texto creativo, una traducción no se termina nunca y podría ser revisada y mejorada indefinidamente. Cuando el trabajo se reparte entre dos personas, el modus operandi es necesariamente distinto que en la traducción solitaria. Hay un constante trasvase de sugerencias, de comentarios, de relecturas. Se diría que, pese al apoyo permanente de nuestro partenaire traductor, nos sentimos mucho más vulnerables que cuando traducimos en solitario: cualquier opción o variante puede sufrir la crítica por parte del otro, y aunque esta singularidad no deja de representar la mayoría de las veces un enriquecimiento del texto e incluso de la persona en sí misma, produce cierta incertidumbre, una sana duda sobre el propio sentido del lenguaje que constituye, posiblemente, uno de los mejores estímulos para la verdadera creación.
No queremos dejar de mencionar a algunas personas que nos ayudaron en diversos sentidos. Ibon Zubiaur, en Tubinga, y Swantje Kusenberg y Roberto A. Cabrera, en la isla de La Palma, leyeron nuestra traducción y nos sugirieron variantes o posibilidades que en general reconocimos como aproximaciones a la imposible perfección que todo traductor, inevitablemente, busca. Ya hemos aludido a Paul Michael Lützeler, en Saint Louis, y a Christa Sammons, en Yale, que nos ofrecieron algunas referencias bibliográficas y nos animaron en todo momento en nuestro proyecto. Otros estudiosos de la obra de Broch, o traductores de alguno de sus libros, como Michael Kessler, en Rottenburg am Neckar, Endre Kiss, en Budapest, Theodore Ziolkowski, en Princeton, Miguel Sáenz, en Madrid, y Sigurd Paul Scheichl, en Innsbruck, nos remitieron informaciones que nos han sido útiles en nuestro trabajo y también nos acompañaron con sus ánimos. Nuestro único deseo es que esta traducción sirva para abrir nuevos espacios de belleza, de intimidad y de intensidad entre los poetas y los lectores de poesía de nuestro país. Porque “detrás de la cerca, en la suave oscuridad del eco, está el bosque”.
Montserrat Armas y Rafael-José Díaz
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